Por: Javier García Martínez
Profesor Titular de Química Inorgánica de la Universidad de Alicante

Hace unos meses pasé unos días en Damasco. Llegué a la ciudad en un taxi procedente del Líbano que me dejó fuera de la ciudad amurallada, y tenía en mi mano un mapa en el que venía de manera más o menos detallada cómo llegar a mi alojamiento, una habitación alquilada dentro de las murallas. Un mapa no es más que un modelo en papel de una zona del planeta, y muchas veces hay que interpretarlo para poder usarlo. Era la primera vez que estaba en Damasco, y ese mapa era todo lo que sabía de la geografía de la ciudad. Geografía, que por otro lado parece diseñada por el mismísimo Dédalo, después de su exitosa experiencia creando un hogar para el Minotauro. Tardé más de dos horas en encontrar mi habitación, y si lo hice fue gracias a la amabilidad de la gente a la que tuve que preguntar. Aquello era ciertamente un laberinto, y la primera vez que salí a cenar estuve tentado de ir tirando migas de pan por el camino por miedo a no volver a encontrarlo jamás. Pero no me hicieron falta, porque para mi sorpresa, esa noche fui capaz de volver a mi habitación sin ningún problema. Me acordaba perfectamente, y no dudé qué dirección tomar en ninguna de las enrevesadas esquinas de la ciudad. Me dio la sensación de que me podría haber pasado horas estudiando y memorizando aquel mapa, y sin embargo habría tenido que acabar preguntando igual, y sin embargo, con hacer el camino una sola vez, ya se me había quedado para siempre. Sé que el día que vuelva a Damasco, seré capaz de encontrar la casa donde me alojé a principios de 2011.

Esta pequeña anécdota tiene una lectura muy interesante que tiene que ver con la forma en la que el ser humano aprende y adquiere conocimientos. El cerebro humano es capaz de abstraer y de extrapolar, una herramienta muy útil para poder entender muchas cosas sin experimentarlas, pero sin embargo la práctica y la experimentación son ambas herramientas clave para asimilar y afianzar conceptos. Esto mismo del mapa y el laberinto de Damasco es aplicable a la ciencia, y muy especialmente a la química. Puedes conocer a la perfección la formulación, estructura molecular y propiedades del ácido sulfúrico, y aún así ser incapaz de sintetizar ni una mísera molécula de ese compuesto. Sin embargo puedes desconocer toda la teoría, y con un par de horas de laboratorio tener el conocimiento suficiente como para sintetizar ácido sulfúrico utilizando varios métodos. Teoría y práctica se complementan muy bien en el aprendizaje, y ambas son necesarias, pero yo creo que practicar y experimentar, especialmente en edad escolar es imprescindible para que los conceptos adquiridos en las clases teóricas se fijen y no se olviden nunca.

Soy profesor de química en la universidad, y muchas veces me he preguntado si la forma en la que se enseña ciencia es excesivamente teórica y en lugar de crear vocaciones científicas, las disuade. Además de profesor soy un apasionado de la química, y mentiría si no digo que encuentro muchas dificultades en transmitir esa pasión a mis alumnos. Sin embargo sí he notado que la transmisión de esa pasión mejora considerablemente cuando hago referencia a experiencias de la vida cotidiana, a productos que utilizamos a diario. Todos sabemos que la química forma parte de nuestras vidas, pero raramente se comienza una clase de química explicando porque la lección de ese día es importante y cómo afecta al medio ambiente, a nuestra salud o a la calidad de vida de millones de personas. Los ejercicios son, en general, cálculos abstractos, desconectados de la experiencia diaria de los estudiantes. Cuando adaptamos los enunciados de los problemas a temas relevantes como el cambio climático, la energía o la economía, el alumno entiende mejor la relevancia de lo que está aprendiendo y se despierta su curiosidad y su comprensión sobre el impacto que la química tiene en la sociedad. Si queremos fomentar el interés de nuestros jóvenes  por los grandes retos a los que nos enfrentamos, no hay mejor manera que contar en clase las historias de éxito de la ciencia, hablar de la vida de los grandes los científicos y de cómo sus descubrimientos han permitido que la esperanza de vida pasara de 40 a 80 años durante el siglo XX  o que el 40% de la población del Planeta pueda comer gracias a la síntesis de fertilizantes. Despertar su curiosidad con datos sorprendentes, como el hecho de que, aproximadamente la mitad de los átomos de nitrógeno en nuestro cuerpo provienen de una fábrica de síntesis de amoniaco.

Con esa vocación, la de despertar la curiosidad científica en niños de todo el mundo, me puse a trabajar hace ya casi un año con UNESCO (www.unesco.org) y IUPAC (www.iupac.org) para organizar un Experimento Global (http://water.chemistry2011.org) que permita a estudiantes de todo el mundo tener un primer contacto con la química práctica y aplicar conocimientos básicos de la misma para obtener resultados reales. Estudiantes están construyendo con sus experimentos un mapa mundial de la situación del agua compartiendo en red los resultados de sus investigaciones sobre la calidad y el tratamiento del agua. Mediante esta ambiciosa iniciativa se pretende que los jóvenes aprendan la relación que existe entre el agua y muchos de los problemas actuales, desde la escasez de alimentos hasta el cambio climático, y cómo lo química tiene un papel fundamental tanto en la comprensión como en la resolución de estos grandes retos.