Por: José Ramón Perán

Director de CARTIF

I+d+I PeránCasi en la línea milimétrica con el final de nuestra anterior entrega, un importante dirigente empresarial que, por desgracia, probablemente no es un empresario schumpeteriano, decía públicamente que “eso de la competitividad era cosa de Alemania”. Es este tipo de empresarios especializados en la búsqueda de favores de los poderes públicos el que durante mucho tiempo, y aún, prolifera por España. Con estas ideas es difícil, que independientemente con los crasos errores de nuestro ordenamiento laboral, sindical, de negociación colectiva, de gasto público superfluo… podamos pensar en constituir un entramado productivo en industria, construcción, agricultura y servicios.
La base de la eficiencia sólo se puede construir a partir de una exigente preparación educativa y en el espíritu de progreso empresarial, que sólo es posible, si de forma consciente y deliberada se invierte en Investigación, Desarrollo e Innovación, y ello en todas las facetas de la actividad concreta, desde la puramente industrial hasta las más comerciales.
La investigación, es decir la búsqueda de nuevos conocimientos, se puede realizar en cualquier empresa pero, salvo en un número reducido de ellas, lo normal es que cuando estos conocimientos son imprescindibles se busquen en Universidades y Centros de Investigación.
La cuestión es si nuestro país tiene un Sistema de Ciencia y Tecnología capaz de hacer frente a estas demandas. El desarrollo de productos y procesos más eficientes está al alcance de casi todas las empresas que se lo proponen. Lo mismo con más razón se puede decir de la innovación que sería obligada por todas ellas.
En un mundo globalizado hay muchas menos opciones de proteccionismo, tal como se ha practicado en España y la única forma eficaz a largo plazo de constituir unidades económicas viables es la dedicación de recursos recurrentes a los tres factores antes indicados, I+D+I.
Esto puede parecer doloroso por una parte –hay menos recursos para premiar a los otros factores de la producción- e incluso puede parecer imposible, por nuestro tradicional pesimismo científico y tecnológico. Pero si algo está demostrado por los hechos es la falsedad de esa creencia.
Solo hay que convencerse de lo evidente: sin recursos dedicados de forma continua al I+D+I, no hay actividad económica de la naturaleza que sea mantenible y rentable. Otra cosa es emplear adecuadamente esos recursos, buscar la combinación más eficaz de trabajo propio y trabajo exterior, tratar de encontrar los interlocutores más adecuados e implicarse en la consecución de las ayudas públicas más convenientes, a nivel autonómico, nacional e internacional.