Por: Áureo Díaz-Carrasco
Director de Gestión de Conocimiento del Entorno de Fedit

Durante los últimos meses hemos vivido una campaña electoral marcada por la difícil situación económica nacional y europea. Hemos oído, como casi siempre, muchas acusaciones cruzadas y pocas propuestas, y esas pocas propuestas se han centrado casi exclusivamente en el área económica. Se ha hablado de muy pocas cosas en campaña, y todas en torno al empleo, la crisis del sector financiero o los ajustes fiscales propuestos por unos y otros.
Yo, y espero no ser el único, he echado de menos un debate que parecía muy vivo en los últimos años: qué hay que hacer para conseguir una sociedad más innovadora, con un mayor peso industrial, que pueda estar a la cabeza de Europa en desarrollos tecnológicos en múltiples sectores y que consiga tasas de competitividad y productividad que al menos se acerquen a las de los países avanzados con los que continuamente nos estamos comparando. Cuánto ha llovido desde que en 2008 todos los candidatos hablaban de cómo invertir en I+D+I para cambiar un “modelo productivo” que parecían tener muy claro que no les gustaba, aunque no parecían saber cómo querían cambiarlo. Y qué lejos parecen ahora los debates presupuestarios de cada año en el Congreso, donde las mayores discusiones se centraban en si la I+D+I tenía más o menos fondos disponibles respecto al año anterior.
Desde mi puesto en Fedit, creo que este debate debería haber incluido, entre otras cosas, las propuestas para reforzar el desarrollo tecnológico y la investigación aplicada en la sociedad, así como el camino para facilitar la inserción de innovaciones tecnológicas en el mercado. Y no sólo no ha habido debate en estos temas, sino que quien quiera conocer algo respecto a las propuestas políticas en este ámbito, tendrá que leerse al detalle los diferentes programas políticos para encontrar referencias más o menos genéricas a los ajustes fiscales a la I+D+I, a la inversión privada necesaria o a la colaboración público-privada en el desarrollo científico y tecnológico.
Sin embargo, ya no estamos en campaña. Se acaba de constituir el Congreso de los Diputados y el nuevo Gobierno tendrá que decidir si está contento con el modelo actual de impulso de la I+D+I (que cada año arroja peores resultados para nuestro país en los indicadores europeos que miden la innovación o en las cifras de inversión privada en I+D+I) o si acomete reformas profundas que consigan los objetivos de innovación y desarrollo tecnológico que se marque para esta legislatura. Estoy deseando conocer qué planes tiene el nuevo Ministro responsable (si es que finalmente hay alguno) para equilibrar las políticas científicas y las tecnológicas, para conseguir mejores mecanismos de evaluación de los resultados obtenidos de las inversiones públicas en I+D+I, para coordinar las políticas estatales y autonómicas en este ámbito, para desarrollar la Ley de la Ciencia, la Tecnología y la Innovación, para conseguir que los organismos de investigación cooperen con las empresas y entre ellos en el desarrollo de la investigación aplicada en este país, y para tantos otros temas.
Y me temo que no hay mucho tiempo que perder, que hay que empezar a tomar decisiones ya y que no podemos aparcar este tema hasta que la crisis amaine porque el resto del mundo no está esperando mientras nosotros nos decidimos.