Por: Diego Lafuente

imagesLa semana pasada la pasé entera en Anaheim, California, una suerte de secarral desértico al oeste de los Estados Unidos donde a alguien una vez se le ocurrió construir un Disneyland y un centro de convenciones (no necesariamente en ese orden), y desde entonces, los hoteles de los más diversos pelajes y los MacDonalds han crecido a su alrededor como champiñones en el baño compartido de un hostal de la Gran Vía. El motivo de mi visita a semejante páramo era ni más ni menos que la celebración de la feria Solar Power International (http://www.solarpowerinternational.com/), la feria de Energía Solar más importante del país, y seguramente uno de los eventos de este tipo más relevantes del mundo.

La feria era monstruosa. Estaban allí representadas empresas de absolutamente toda la cadena de valor de la industria solar: productores de silicio, fabricantes de células solares, promotores de terrenos, fabricantes de estructuras donde poner esos paneles, abogados, capital riesgo, proveedores de inversores eléctricos y electrónica de potencia, e incluso fabricantes de curiosos artilugios espantapájaros para evitar que estos seres alados utilicen tu panel como retrete y arruinen la ya de por sí limitada eficiencia energética del mismo. El evento era sin duda el supermercado ideal para cualquier empresa o proveedor de algún eslabón del sector, pero ¿qué hay de la tecnología, la innovación y la investigación en el sector?

El mundo de las energías renovables, y el de la energía solar fotovoltaica es cuando menos curioso. Si eliminamos mercados “menores” como el doméstico y el personal (paneles de los de poner en el tejado del chalet para enchufar la cafetera o mochilas solares para cargar el iPod mientras paseas por los Picos de Europa), nos queda el principal negocio del sector: la promoción, diseño, instalación y explotación de gigantescas huertas solares colocadas en los lugares más insospechados del planeta. Aquí es donde se mueve la inmensa mayoría del dinero del sector. Estos proyectos son de una envergadura considerable, y normalmente requieren de una financiación externa. Y amigos, con la banca hemos topado. Porque suelen ser los bancos los que financian estas soleadas iniciativas, ya sea con préstamos o con inversiones directas. Y los bancos entienden poco de tecnología, pero mucho de rentabilidad. Si voy a instalar una huerta solar de 500 MW en el desierto de Los Monegros, y esto me va a costar unos pocos millones de euros, quiero que la huerta me produzca al menos durante 25 años sin tener que tocarla demasiado. Es decir, que los paneles que voy a instalar seguramente no sean el último grito en tecnología y eficiencia energética, pero sí que serán paneles con un buen historial de funcionamiento en otras huertas solares durante al menos los últimos 10 años. Es decir, que como banco financiaré aquellos proyectos que me presenten paneles que llevan funcionando ya 10 años en el mercado (aunque su eficiencia no sea deslumbrante) y no financiaré aquéllos que instalen paneles de precio inferior y eficiencia superior que no me demuestren de alguna manera muy obvia que no van a dejar de funcionar a los 5 años de que los instale.

Esta presencia masiva (y necesaria) de entidades bancarias en el sector solar fotovoltaico hace que los avances tecnológicos encuentren una barrera importante a la hora de salir al mercado. Se trata de un sector tremendamente conservador, o al menos ésa es la imagen con la que me he venido de esta feria en Anaheim. La mayor parte del espacio ferial estaba ocupado por empresas fabricantes de células solares fotovoltaicas. Y el 99% de ellas hacía lo mismo: policristalinos tradicionales o de capa fina (silicio, silicio y más silicio). Unos pocos se atrevían a sustituir el silicio por germanio, CIGS y alguna que otra variante más. La diferencias entre unas empresas y otras eran mínimas: ligeras variaciones en el precio del vatio-pico, en alguna característica técnica (ángulos de incidencia de la luz, etc) y en la eficiencia energética. Cuando le preguntabas a una de estas empresas que en qué se diferenciaba de sus competidores, la respuesta más común era: “hacemos lo mismo que los demás. En este sector hay mercado de sobra para todos”. Grandioso, ¿y cuando no lo haya?

Y el caso es que la energía solar fotovoltaica, a día de hoy, no es competitiva. Simplemente porque el coste de producir un kilovatio-hora de solar es mucho más alto que el de producir un kilovatio-hora de ciclo combinado, por ejemplo. Y el 60% de ese coste se debe al precio del silicio. El silicio es de los elementos más abundantes y accesibles del planeta, pero lamentablemente no se encuentra como semiconductor en la naturaleza. Hay toda una industria que se dedica a extraer el mineral y procesarlo para convertirlo en semiconductor. Y esa industria estaba (y está) dimensionada para surtir al sector electrónico, que comparado con el solar, requiere cantidades bastante reducidas del semiconductor. Cuando comenzó la fiebre de construir parques solares, la demanda de silicio se quintuplicó, y el precio se puso por las nubes. Cualquiera podría pensar que lo lógico sería ponerse a investigar como locos en alternativas más baratas al silicio. Y de hecho hay bastante gente que lo hace, pero ninguno de ellos estaba en esta feria, porque ninguno de ellos está en el mercado. Una pequeña encuesta realizada al azar entre los fabricantes de células solares presentes en la feria me reveló que  ellos simplemente están esperando a que el silicio baje de precio. Como hay más demanda y el silicio es muy abundante, entrarán más productores de silicio semiconductor y el precio bajará. Ni se plantean desarrollar una tecnología nueva porque el banco no la financiará. Sin embargo esta bajada del precio del silicio tardará, porque la industria tiene su inercia, y los productores de semiconductores que hacen falta no aparecen de un día para otro. Mientras tanto, confiaremos en que las subvenciones públicas paguen la diferencia de precio entre el kilovatio-hora solar y el de ciclo combinado. Una reflexión, que igual se puede convertir en una inquietud: al haber tanto dinero público en el sector solar fotovoltaico, lo convierte en un mercado muy intervenido, y que por lo tanto, en algunos aspectos, no se rige del todo por las reglas del mercado. En un mercado libre en el que existe una gran demanda y muy pocos proveedores (como en el caso del silicio semiconductor), efectivamente en un primer momento los precios suben, pero en seguida entran nuevos proveedores (i.e. más fabricantes de semiconductor), y el precio vuelve a bajar hasta lo que está dispuesto a pagar el mercado. En un mercado excesivamente intervenido, esto puede no ocurrir: ¿por qué voy a vender el silicio más barato si el mercado me lo compra al precio alto al que lo vendo? Y el mercado lo paga porque dispara con pólvora del rey. Pero hasta la pólvora del rey termina por agotarse.

El reto y la oportunidad están ahí. Para producir energía solar competitiva hay que bajar el precio del panel y aumentar la eficiencia energética del mismo, y para ello hay multitud de líneas de investigación abiertas tanto para sustituir el silicio por algo más barato y eficiente como para cambiar optimizar y abaratar los procesos de producción de paneles, mejorar los sistemas de control, y otro sinfín de posibilidades. Lo que está claro es que, debido a la tremenda inercia que tiene este mercado, si queremos que nuestra nueva tecnología esté instalada en huertas solares dentro de 15 años, tenemos que ponernos a investigar ya. Bueno, eso si queremos que dentro de 15 años haya algo nuevo bajo el sol.