Por: José maría Guijarro
Subdirector. AIDO, Instituto Tecnológico de Óptica, Color e Imagen

En los últimos tiempos se ha puesto de moda el término “innovación” e “innovar” hasta el punto en el que si una empresa no lo incluye en su estrategia de comunicación y marketing parece estar condenada al fracaso. Realmente, la innovación ha de estar presente en la base de la estrategia empresarial y no como una mera palabra en el lema de la marca.
Las tres famosísimas letras (I+D+I) son las que garantizarán el futuro del desarrollo industrial y de servicios de nuestro PIB. Es decir, los distintos gobiernos nacionales y regionales deben reorientar sus políticas en estas áreas para compensar la pérdida de competitividad que hoy sufrimos. En la actualidad, tenemos un grave problema, pues es en estos momentos cuando más necesitamos el efecto contrario al que se está dando pues el gasto empresarial en I+D cae por primera vez en 15 años un 6,3%  y, por otra parte, se aprueban los Presupuestos Generales con una caída para el 2011 de un 7% en I+D.
Ante este panorama, es evidente que la prosperidad y el futuro de cualquier organización depende, ahora más que nunca, de su capacidad de adaptación y de detección de nuevas oportunidades de negocio. Al margen de que las estadísticas que las distintas administraciones difunden nos ponen en un lugar poco ventajoso respecto a otros países −como Suecia, Finlandia, Francia o Alemania−, para colmo de males, el último informe elaborado por el Foro Económico Mundial nos relega nueve puestos más abajo (en concreto al 42) en el Ranking de Competitividad Mundial, debajo de países como Chipre, Polonia, o Túnez.
Además, hay que destacar que mientras en el resto de Europa ya es una realidad la creación de nuevas empresas de base tecnológica, en España aún se está iniciando el camino. Lo que sí es una realidad es que se ha producido una modernización de la organización de la empresa en busca de una mayor competitividad. También se ha reconocido que la Tecnología es uno de los factores que contribuye a esta mejora. Sin embargo, lo que interesa remarcar es que la cultura de la innovación trasciende los límites que marcan tanto los países como las legislaciones, y surge con el objetivo de fomentar e incentivar la innovación en nuestro tejido empresarial.
Por ese motivo, es una falacia identificar innovación con aquello que sigue los criterios de las ayudas que dan las Administraciones. De hecho, innovamos mucho más de que pensamos, aunque no siempre es fácil explicitarlo y visualizarlo. Lo que sucede es que está demasiado extendida la creencia de que las empresas que no poseen grandes recursos, especialmente las pymes, no pueden innovar.
Quizás, la falta de cultura innovadora reside en que normalmente se habla del coste de la innovación en lugar de estimar el coste de la no innovación. Hay que tener en cuenta que en el día a día de las empresas se introducen pequeñas innovaciones de manera constante. Un ejemplo de ello sería la adaptación a nuevos soportes informáticos, la evolución en los formatos de los documentos, los cambios en las estrategias comerciales o a la hora de gestionar proyectos, etc. En ese sentido, es importante hacer partícipe a toda la plantilla en el fomento de la creatividad para aportar valor a  los procesos y hacerlos más efectivos. Precisamente, para alcanzar esta meta las pymes deben interiorizar que al sistematizar la innovación  en los procesos estratégicos garantizan su competitividad y permanencia en el mercado.
Es indudable, por lo tanto, que la innovación es un ciclo vital de la cadena del mercado, que busca el equilibrio con el resto de los factores. Por eso, sin formación no hay cultura, ni oportunidades; sin investigación el conocimiento muere obsoleto e inservible; sin innovación no hay renovación ni avance; sin avance no hay nuevos productos; sin nuevos productos la competitividad es imposible; sin competitividad el modelo económico no es sostenible,…

Por eso, hoy en día, la tecnología, la investigación y la ciencia están más de moda que nunca pues ya se ha logrado popularizar ciertos conceptos antes poco maduros. Sin embargo, este acercamiento puede ser un arma de doble filo pues, en el caso de la innovación, es posible que de lugar a la pérdida del significado real de la palabra y la banalización del término. Que las pymes lleguen a reconocer que su futuro depende de adoptar de manera habitual decisiones acerca de la mejora continua y la innovación es, en sí misma, una buena práctica que augura su consolidación en el mercado.
No hay que olvidar que la motivación es el principal motor de emprendedores e innovadores. Por lo que, en tiempos de crisis, se da el caldo de cultivo para que prosperen aquellos que creen en su proyecto y que, a pesar de todo, sacan adelante sus negocios. De esta forma podremos alcanzar el éxito y, si no lo conseguimos, tendremos claro dónde está el camino, que no es otro que el del éxito a través de la innovación.