La publicación del Ranking Internacional de Instituciones de Investigación (SIR) cuestiona de nuevo la calidad investigadora de las universidades españolas. Mucha ciencia, viene a decir el estudio, pero escaso impacto internacional.

Fuente: www.madridmasd.org
Autor: Xavier Pujol Gebellí

Investigar en la universidad española ha sido considerado habitualmente una de esas prácticas destinadas a “hacernos llorar”, según escribía hace unos años Marià Alemany, catedrático de Bioquímica en la Universidad de Barcelona. Y si hubiera que hacer caso a lo que indican los rankings, es probable que hubiera que darle la razón. El último en salir a la luz, el Ranking SIR, no deja bien paradas a las universidades del país. En pocas palabras, viene a decir que se investiga mucho, con un nivel de calidad medio, pero con escasos, por no decir pocos, impactos verdaderos en el escenario internacional. El resultado final es que ninguna de nuestras instituciones académicas aparece entre las mejores.

Los resultados, sobre los que no entraré aquí a comentar el detalle (a los interesados les recomiendo el sitio web del ranking), no hacen sino confirmar un hecho ya conocido: las cerca de 80 universidades españolas precisan un cambio estructural profundo si lo que quieren es aparecer en posiciones destacadas, sea de ésta o de cualquier otra clasificación. Y para cualquier cambio que se hiciera, no es esperable que la mejora de posiciones se diera en poco tiempo. Algunos expertos entienden que las mejoras destinadas a promocionar la excelencia tardarían al menos un decenio en plasmarse negro sobre blanco.

¿Cómo mejorar la calidad investigadora de la universidad? De tener la respuesta, muy probablemente sería ministro. O británico, o alemán, o estadounidense, o japonés o tal vez coreano o de Singapur. Dicho de otro modo: no hay un formato único, pero por lo que está pasando por el mundo, es evidente que hay más de una fórmula posible y, además, son conocidas.

El modelo sajón es uno de los mejor estudiados y diagnosticados. Concentración en los polos de conocimiento, altísima especialización, asunción de riesgo, incentivos fiscales para las empresas, facilidades para su creación, excelencia y recursos económicos suficientes en la parte pública y en la privada. Pero, como es conocido, para un grupo selecto que se sitúa en la cúspide de la pirámide y un segundo escalón igualmente potente. El resto se debate en una mediocridad, o mejor medianía, de la que se salvan departamentos, áreas o individuos concretos a los que el tiempo, los cazatalentos y la suerte ascienden a mejores posiciones. Una gran cultura de la movilidad contribuye a ello. Y no sólo para los locales: la contratación de talento foráneo es una constante.

¿Es aplicable la fórmula a España? De nuevo, la pregunta del millón. Europa, salvo el Reino Unido y los países nórdicos (y Suiza), parecen haber tomado otro camino, el que pasa por promover la excelencia en las universidades. Es el caso alemán, donde se ha desistido de que cada institución académica haga la guerra por su cuenta. Se prefiere identificar la fortaleza de cada una y aportar fondos extra para que esas áreas en las que se destaca adquieran mayor velocidad. Los fondos llegan tras superar un paso previo de acreditación y están sujetos a evaluación.

España, en parte, se inspira en este modelo para los novedosos Campus de Excelencia, que igualmente van a ser acreditados y, en teoría, evaluados y dotados con fondos adicionales para desarrollar investigación de excelencia. La variante viene dada por una cierta especialización temática que permitirá agrupar fortalezas de distintas instituciones. Se pretende, por tanto, favorecer campos temáticos en biomedicina, biotecnología o ciencia y tecnología de los alimentos, por ejemplo, que no universidades específicas.

Lo que se gana con esta opción es la posibilidad de recuperar, al menos bibliométricamente, la calidad que han demostrado los llamados centros de excelencia e incorporar en el sistema a los hospitales de referencia.

Esta es la gran tarea que se inició desde el Ministerio de Ciencia e Innovación y la gran apuesta personal de Màrius Rubiralta, ahora encuadrado en el Ministerio de Educación, que es desde donde se comanda. Cristina Garmendia, por su parte, ya ha anunciado que se iba a primar la excelencia, algo que, desde su ministerio, pasa obligatoriamente por los centros, CSIC incluido.

Queda por saber, y es más que probable que siga así por un tiempo, cómo incorporar a las empresas a este proceso. El mundo sajón lo tiene más o menos solucionado y Alemania lo tiene por lo menos organizado. En España sigue pendiente.

En un debate pendiente alguien apuntaba que, a diferencia de lo que ocurre en otros países, en España debe construirse “la pirámide”, es decir, aportar fondos para que exista una base sólida de empresas a las que se les facilite, mediante controles estrictos, la oportunidad de escalar posiciones en el camino de la excelencia. Pero que el apoyo no debía retirarse hasta la consolidación competitiva de la empresa y, si fuere menester, manteniendo una fuerte intervención del gobierno. Léase estatal, aunque no sería descartable el regional. Algo así como tomar al Estado como socio inversor en lugar de mero agente subvencionador. Para nada sería volver a los tiempos del Instituto Nacional de Industria ni a la nacionalización de sectores clave, como en los tiempos de monopolio. Sería, en palabras de quien exponía la idea, como “asegurar la participación” del Estado en la promoción de empresas científicas de tamaño y masa crítica competitivos. Es una idea.