Por: José María Guijarro

Subdirector del Instituto Tecnológico de Óptica, Color e Imagen (AIDO)
Doctor en Economía

En los últimos tiempos se ha puesto de moda el término “innovación” e “innovar” hasta el punto en el que si una empresa no lo incluye en su estrategia de comunicación y marketing parece estar condenada al fracaso.

Lo que la realidad impone es la verdadera necesidad de que las empresas innoven de manera continua y sistemática. Realmente, la innovación ha de estar presente en la base de la estrategia empresarial y no como una mera palabra en el lema de la marca.

Ahora, la pregunta que puede plantearse una empresa es ¿cuándo y cómo innovar? Si su compañía ha sobrevivido el tiempo suficiente y ha crecido de una manera sostenible, quiere decir que ha innovado y tiene que seguir haciéndolo de manera sistemática.

Es cierto que vivimos en un entorno voluble, competitivo y exigente, en el que la prosperidad de una organización depende de su capacidad de adaptación y de detectar las oportunidades de negocio. Y aunque las estadísticas que las Administraciones difunden nos ponen en un lugar poco ventajoso respecto a otros países, interesa remarcar que la cultura de la innovación trasciende los límites que marcan las legislaciones para fomentar e incentivar la innovación en nuestro tejido empresarial.

Además, es una falacia identificar innovación con aquello que sigue los criterios de las ayudas que dan las Administraciones. De hecho, innovamos mucho más de que pensamos, aunque no siempre es fácil explicitarlo y visualizarlo. Lo que sucede es que está demasiada extendida la creencia de que las empresas que no poseen grandes recursos, especialmente las pymes, no pueden innovar.

Quizás, la falta de cultura innovadora reside en que normalmente se habla del coste de la innovación en lugar de estimar el coste de la no innovación. Hay que tener en cuenta que en el día a día de las empresas se introducen pequeñas innovaciones de forma constante. Un ejemplo sería la adaptación a nuevos soportes informáticos, la evolución en los formatos de los documentos, los cambios en las estrategias comerciales o a la hora de gestionar proyectos. En ese sentido, es importante hacer partícipe a toda la plantilla en el fomento de la creatividad para aportar valor a  los procesos y hacerlos más efectivos. Para ello las pymes deben interiorizar que al sistematizar la innovación  en los procesos estratégicos garantizan su competitividad y permanencia en el mercado.

Lo cierto es que la innovación es un ciclo vital de la cadena del mercado, que busca el equilibrio con el resto de los factores. Por eso, sin formación no hay cultura, ni oportunidades; sin investigación el conocimiento muere obsoleto e inservible; sin innovación no hay renovación ni avance; sin avance no hay nuevos productos; sin nuevos productos la competitividad es imposible; sin competitividad el modelo económico no es sostenible.

Hoy en día la tecnología, la investigación y la ciencia están más de moda que nunca pues ya se ha logrado popularizar ciertos conceptos antes poco maduros. Sin embargo, este acercamiento puede ser un arma de doble filo pues, en el caso de la innovación, es posible que de lugar a la pérdida del significado real de la palabra y la banalización del término.

Que las pymes lleguen a reconocer que su futuro depende de adoptar de manera habitual decisiones acerca de la mejora continua y la innovación es, en sí misma, una buena práctica que augura su consolidación en el mercado.