Por: Diego Lafuente

Director Area de internacionalización – FEDIT

Me gusta San Francisco: su neblina permanente, sus cuestas no aptas para embragues gastados, su cárcel infranqueable de la que ahora escapa todo el mundo. Hace un par de semanas que volví de allí de acompañar a unas cuantas empresas a recorrer la alta California en busca de “El Dorado” para sus productos e ideas. Este tipo de acciones son de riesgo y los resultados son siempre desiguales. A unas empresas les fue mejor, y a otras peor, pero es curioso como todas ellas sin excepción nos hicieron llegar el comentario de que “la experiencia ha sido muy interesante porque hemos aprendido una forma distinta de hacer las cosas”. ¿Mejor o peor? Distinta.

California es distinta. Y no únicamente por haber tenido como gobernador a un androide venido del futuro. Sólo allí es posible que alguien invierta en una idea (que encima no era nueva) de un chaval de Harvard de apenas 20 años, y la convierta en una de las empresas más potentes y conocidas del planeta. Y sólo allí es posible que, sólo 380 millas al sur de donde se produjo esa inversión, alguien se forre haciendo una película no autorizada sobre la vida de ese mismo chaval. En San Francisco y Silicon Valley se ha creado de manera “espontánea” un entorno imparable de generación de riqueza que todo el mundo intenta clonar, pero que nadie lo consigue. Y no se consigue porque es irreproducible.

Mézclese una ciudad agradable de vivir, con un par de universidades punteras capaces de atraer el mejor talento del mundo. Aderécese con unas buenas infraestructuras y un modo de vivir y de relacionarse único que es resultado de la evolución de ese entorno en el que viven y se relacionan. Rebócese con una cultura ejecutiva de riesgo muy agresiva que es el resultado de un sistema educativo muy particular y sofríase junto con los casos de éxito más sonados del planeta. Déjelo cocer media hora a fuego lento y tendrá usted Silicon Valley. Sin salir de su cocina. El problema es que la mayoría de los ingredientes de esta receta sólo crecen allí, y lo más grave, que son endémicos de la zona, y no sobreviven en ningún otro lugar del mundo.

Que Silicon Valley sea irreproducible (en el sentido de clonarlo) no quiere decir que no se pueda imitar y que no se puedan incorporar a nuestra cultura elementos de la suya que han sido la clave de al menos parte de su éxito. Se me ocurren unos cuantos y todos ellos tienen que ver con la educación. Uno de los más importantes es la cultura del riesgo, y creo que se puede importar. Habrá que modificarlo genéticamente para que se adapte a nuestra idiosincrasia particular, pero se puede hacer. A nivel de emprendedor, a nivel de inversor y a nivel de trabajador. Que la última meta de un estudiante de ingeniería en España sea ser funcionario de su Comunidad Autónoma, es un drama en sí mismo que nos debería hacer pensar. Un ingeniero debería salir de la escuela con ganas de comerse el mundo, no de opositar.

Uno de los primeros pasos que habría que dar sería eliminar de nuestra cultura el “estigma del fracaso”. Tanto en el sistema educativo como en el industrial, en España se castiga y estigmatiza el error. “If you are not prepared to be wrong, you will never come up with anything original” – dice Sir Ken Robinson en su fabulosa charla de TED “School Kills Creativity” (http://www.ted.com/talks/lang/spa/ken_robinson_says_schools_kill_creativity.html). En Silicon Valley si tienes una idea, la llevas a cabo. Y si fracasas, lo pones en tu CV, y a por lo siguiente. Y los inversores lo valorarán muy positivamente la próxima vez que les vayas a ver. De los fracasos se aprende, es más, hay cosas que sólo se aprenden fracasando. Es posible que el año que viene yo mismo tenga que cerrar un pequeño negocio que monté con unos amigos hace ya cinco años. Miro hacia atrás, y veo cada euro que me gasté y cada minuto que dediqué como una inversión. No en el negocio, que al final no ha funcionado, sino en mí mismo. Otra gente pensará que he perdido el tiempo y el dinero. Yo creo que lo he invertido. Y bien invertido.

La cultura del riesgo tiene mucho que ver con la capacidad de iniciativa de la persona, y no siempre pasa por montar una empresa a partir de una idea o de una tecnología. Se puede apostar y asumir riesgo también como parte de una empresa o de una organización. Fred Bucy era un ingeniero de Texas Instruments allá por los años 50. En aquella época, el ahora gigante americano se dedicaba a fabricar equipos para medir señales geofísicas y facturaba menos de 100 millones de dólares al año. Sus equipos se fabricaban utilizando válvulas de vacío, porque el transistor, que había sido descubierto años atrás, tenía un comportamiento basado en unos extraños efectos cuánticos que ni Einstein, ni Bohr, ni Heisemberg habían conseguido explicar de una manera razonable. Y eso hacía que su uso para la industria fuese de alto riesgo. Durante un vuelo de vuelta a casa, después de ver a unos clientes, a Fred se le ocurrió que podría mejorar mucho los productos de Texas Instruments si incorporase en ellos el transistor, pero sabía que nadie aprobaría su uso dentro de la empresa. Era simplemente demasiado arriesgado. Fred decidió asumir ese riesgo y jugarse el prestigio y el puesto de trabajo en su apuesta, y comenzó a fabricar dispositivos en los laboratorios de Texas Instruments utilizando transistores sin que sus superiores lo supieran. La apuesta le salió bien, y gracias a su trabajo, Texas Instruments comenzó a producir semiconductores a escala industrial y fueron los primeros del planeta en fabricar circuitos integrados. Fred Bucy acabó su carrera en 1985 como presidente de la compañía, y su apuesta convirtió a la empresa en el líder mundial en fabricación de semiconductores y circuitos integrados. Texas Instruments factura en la actualidad más de 10 billones de dólares anuales. Cuando a Fred se le pregunta acerca de su aventura dentro de la empresa, él siempre responde que “es más fácil pedir perdón que pedir permiso”.

Hay otros elementos dentro del ecosistema americano que se pueden adaptar e importar a nuestra cultura: la productividad y “ejecutividad” de las reuniones, el “show business” a la hora de vender un producto o una idea, el compromiso personal que algunos empresarios adquieren con las instituciones que les dieron su educación, y que hacen que esas instituciones sean cada vez mejores, etc. Todos ellos hay que adaptarlos a nuestra cultura y a nuestra forma de hacer las cosas, pero se pueden incorporar.

A lo largo de mi vida me he encontrado con dos tipos de viajeros: los que creen que todo lo de su pueblo es lo mejor y acaban haciendo comparaciones surrealistas entre la catedral de Burgos y las ruinas de Petra, y los que piensan que cualquier cosa de fuera es mejor que lo que tienen, sólo por el hecho de estar lejos, y les parecería una excelente idea poder construir unas pirámides gigantes en el desierto de Los Monegros. En realidad lo que ocurre es que unas cosas no son ni mejores ni peores que las otras, simplemente son diferentes, y el objetivo de tu viaje no es comparar, sino aprender de la diferencia.